Miguel Rubio Rubio, el cura que fue profesor y secretario de ayuntamiento

Miguel Rubio, el cura de la JOC que fue profesor y secretario de ayuntamiento: “Yo jamás traté a un alumno como me trató a mí algún alcalde”

“¿Sabes cómo saluda un cura?” y envuelve Miguel mi mano con las suyas, una por debajo “para mostrar cercanía”, y otra por encima “para dejar claro quién es superior”. Es su historia (hoy, que tan de moda está el concepto), la de una deconstrucción en toda regla. El niño de la guerra educado en el nacionalcatolicismo imperante se hace sacerdote y descubre que no es amor a Dios todo lo que reluce ni el Evangelio lo único que manda. Metidos de lleno en movimientos como la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) y la JOC (Juventud Obrera Cristiana), Álvarez de Paz, Javier Sotuela, Francisco Beltrán y él mismo fueron en los 60 clérigos de una especie rara. Chavales, porque eso eran, que entre la jerarquía y el pueblo eligieron la conciencia y se quitaron la sotana. Flaco y amable, este intelectual de verbo fácil y vocación didáctica fue cura antes que profesor y profesor antes que secretario de ayuntamiento.

“Nací en 1937, ¿qué os parece? No hagáis la cuenta”. Y nació Miguel en un pueblo pequeño y agrícola de campos llanos y repechos suaves que se llama San Martín de Torres (León) y que hoy no llega a los 200 habitantes. Le gustaron los libros en cuanto vio el primero y tuvo la “suerte” de contar con un profesor “estupendo, de aquellos de la República, solo que había fingido ser de derechas para que no lo mataran”. En aquella escuela aprendió el crío a leer, a sumar, a escribir y algunas cosas más. Las suficientes para ganarse el favor de dos jesuitas en ronda buscando talentos. “Aparecieron un día y nos hicieron preguntas de historia y de gramática, luego me preguntaron si quería estudiar. Mi padre, claro, les dijo que no tenía dinero, pero ellos hablaron de una beca”.

Así, con 12 años y el petate ligero se marchó con los jesuitas a Carrión de los Condes. “Allí tuve los mejores maestros que he conocido y el primer desengaño. En tercero, todos sabíamos componer en verso, nos daban notas cada dos semanas y con menos de un 7 no eras apto para la ‘Compañía’ de Jesús. Pero también experimenté en carne propia la diferencia entre los que íbamos de los pueblos y los hijos de, había mucho clasismo. Teníamos dormitorios diferenciados e imagínate, los nuestros se llamaban campamentos y los de ellos camarillas”. La enseñanza jesuita terminó a los tres años con una tarjeta en la que le anunciaban que no continuaba con ellos. ¿Las razones? “Por tímido y apocado, ponía, ¡pero los que íbamos de los pueblos sin un duro teníamos que ser tímidos por narices porque estábamos acobardados!”.

Llegó al seminario de Astorga con 15 años y la primera muesca en una conciencia aún imberbe. “Fuera del latín, el nivel era mucho más bajo”, así que no tuvo problema el joven Miguel en superar holgadamente los cursos. Allí conoció también a Álvarez de Paz y a Sotuela, algo mayores que él y ya inseparables, y de allí salió cura y con la Cabrera como destino. “Se decía que Castrillo, Noceda, Saceda y Marrubio son los cuatro lugares que Cristo no anduvo, y yo tuve tres de esos pueblos”. La miseria y el caciquismo fueron el segundo gran desengaño. “Solo estuve dos años y me marcó. Ahí me entró el uso de la razón social, porque la razón política vendría después, en Ponferrada. Allí la gente tenía más miedo a la Guardia Civil que a los maquis y hubo algún cura que amenazaba con denunciar ante el gobernador civil a los agricultores que trabajaban en día festivo. A mí aquello me daba cien patadas”.

“Como premio a mi compromiso social el obispado me trasladaba a Truchas de Cabrera. Por dignidad ni contesté ni fui”

Otro cambio se barruntaba. “No haga proyectos porque lo voy a trasladar a Ponferrada”, le contestó el obispo cuando le pidió dinero para montar un teleclub. Y así llegó, con dos muescas ya a cuestas, a la parroquia de Beltrán, su amigo y maestro, y más tarde a Flores del Sil, donde ejerció como coadjutor durante siete años. Casi una década en la que se metió de lleno en los movimientos obreros de la Iglesia formando parte activa de la HOAC y de la JOC. “Nos empezamos a plantear un problema serio de conciencia. Llegamos a la conclusión de que la Iglesia predicaba para un sector que ya no existía y la solución era cambiar la actitud y la manera de relacionarse, algo que aún no han entendido”. Su actitud había pasado de tímida y apocada a demasiado rebelde para el gusto de una curia excesivamente afín al régimen. “Como premio a mi compromiso social el obispado me trasladaba a Truchas de Cabrera. Por dignidad ni contesté ni fui”.

Terminaba así la historia del sacerdote Rubio, pero a su vida aún le quedaban unas cuantas vueltas de campana. Resumimos. Se marcha a Madrid a terminar Ciencias Políticas, carrera que ya había empezado a distancia, y sobrevive durante un tiempo con el dinero de un premio literario que ganó en las fiestas de la Encina. Su hoy mujer y compañera Henar Fernández, a la que había conocido en la JOC, se muda con él y ambos están haciendo cola en el juicio del Proceso 1001 contra la cúpula de CCOO cuando el coche de Carrero Blanco salta por los aires. Todos corren, también ellos. Miguel comienza a dar clases. Lo despiden por hacer huelga. Muere Franco. Se gana la vida como profesor de español para extranjeros durante seis años. Oposita a secretario de ayuntamiento y evidentemente (no se espera menos de un exalumno de los jesuitas) aprueba.

Ya como funcionario, regresa al Bierzo y pasa por los consistorios de Las Omañas, Sancedo y Cabañas, Molinaseca, Cacabelos (donde tenía la plaza en propiedad pero solo aguantó dos años) y finalmente Castropodame. ¿Un trabajo duro? “Mucho”, y con una frase lo resume todo: “Yo jamás traté a un alumno como me trató a mí algún alcalde”. La jubilación llegó como un regalo, “para mí ha sido vivir”. Y vivir para Miguel es acción social, y es también leer, estudiar, enseñar. “No me arrepiento de haber dejado de ser cura ni de haberlo sido. Lo que queríamos entonces era una sociedad más justa y un mundo mejor. Y esas son las bases del Evangelio, trabajar para los demás”. ‘La propia’, como él llama a Henar, sonríe. Está claro que en la calle codo a codo son mucho más que dos. “ ¡Y ahora que os cuente ella!”. 

Extraído de:

https://meprestaelbierzo.com/arrimando-el-hombro/miguel-rubio-el-cura-de-la-joc-que-fue-profesor-y-secretario-de-ayuntamiento-yo-jamas-trate-a-un-alumno-como-me-trato-a-mi-algun-alcalde/